Día de la Independencia
Esta publicación está escrita para la generación que ahora tiene entre 16 y 23 años. Para ese grupo de edad al que la realidad y su carácter decepcionante y extremadamente injusto todavía no han debilitado.
Para quienes la monotonía de la vida cotidiana aún no ha sedado por completo, quienes todavía se atreven a soñar a lo grande, siguen llenos de esperanza y el terror existencial aún no ha acabado del todo con su individualidad ni con sus deseos insaciables de crear. La generación de la fe, poseedora de la fuerza capaz de cambiar el mundo. Esta generación es un grupo de edad influenciable; por eso, el mensaje que se les transmite tiene una importancia aún mayor, porque a veces hasta las cosas más insignificantes pueden cambiar el rumbo de la vida de una persona.
¿Cuál debería ser el mensaje? ¿Seguir alimentando su fe en lo desconocido? ¿O darles una palmada en el hombro y mentirles, diciéndoles que todo saldrá bien, que solo tienen que quererlo y podrán lograr cualquier cosa? ¿Confirmarles que basta con creer en sí mismos para alcanzar sus metas? ¿O simplemente escribir la verdad, dándoles uno de los muchos golpes y desengaños que encontrarán en su camino y que la vida les propinará? Entonces me di cuenta de que no tenía que escribir la verdad, porque la verdad no es más que una ficción inútil y, debido a su naturaleza subjetiva, tampoco es posible llevarla a la práctica.
No quisiera desanimar a nadie, pero la edad adulta no es un mundo feliz y nuevo, no existe la felicidad perfecta, y llegará el momento en que realmente lo des todo y aun así no sea suficiente. No basta con esforzarse, carajo, porque para alcanzar el verdadero éxito hace falta mucho más que esperanza, fe o una voluntad capaz de vencerlo todo. La esperanza es el peor de los males, porque solo prolonga tu sufrimiento, y la fe no es más que negarse a reconocer la verdad.
Por supuesto, sus padres los convencerán de que son guapos, talentosos y especiales. Probablemente ahora te consideras una persona verdaderamente única y te rodeas de objetos que expresan tu personalidad, aunque no te das cuenta de que tu vida no se diferencia en nada de la de tus conocidos, ni siquiera de la rutina diaria de cientos de miles de personas de tu edad. Vas a los mismos sitios de fiesta, con la misma ropa y comportándote allí igual que los demás, y los objetos que te rodean no son más que productos en serie de una franquicia al nivel de McDonald’s. ¿Y eso te haría especial y único?
Pero déjame preguntarte algo. ¿Qué te haría llegar más lejos que quienes te rodean ahora? ¿Qué tienes de especial, qué habilidad extraordinaria, que te haga sentir que destacas entre la multitud ahora o que lo harás en el futuro?
Cuanto más tiempo creas que eres alguien único, mientras existes inadvertido como parte de un conjunto enorme, menos ganas tendrás después de crear algo realmente único, algo fantástico, que nadie más pueda hacer o que simplemente no sepa hacer. Hasta que no tomes conciencia de ello, tu futuro no hará más que ofrecer una imagen aún más triste que tu insignificante presente.
Tu destino no está escrito de antemano, pero algo que no deberías pasar por alto es que la edad adulta no es mejor ni más especial que lo que tú, con tu mente adolescente, crees ahora. En esta publicación hablo de los hechos, que la experiencia de las oportunidades que ofrece la vida y el paso del tiempo me dictan o, si lo prefieres, guían mis manos sobre el teclado.
Nunca serás alguien único si no alcanzas la independencia, porque ser independiente es algo al alcance de muy pocos. La independencia es un estatus, un privilegio de los fuertes, y alcanzarla debe ser el único objetivo verdadero de tu vida.

Entre los 15 y los 18 años, todo y todos querrán influir en ti y en tus ideas: en qué hacer con tu vida, en qué deberías hacer para vivir una vida más feliz. Tus principales manipuladores y quienes más dirigirán tus pensamientos serán tus padres, que, por supuesto, por un lado quieren lo mejor para ti, aunque, viendo lo lamentable que es el modelo familiar actual, ni siquiera de eso estoy tan seguro. Tus padres ya han vivido lo que a ti te espera, así que, si pudiera recomendarte algo, sería que los escucharas sin falta, porque no es ninguna tontería escuchar a alguien que ya ha estado donde tú aún no.
Pero hay algo que tenéis que entender sin falta, y esta idea recorre toda la publicación y volverá a vosotros: las palabras que os dirigen, incluso si vienen de la persona más cercana a vosotros, y por mucho que esa persona quiera vuestro bien, son solo una posibilidad, una información adicional entre la multitud de impulsos que os llegan a diario. No aceptéis ninguna idea sin reservas. No descartéis nada, ni siquiera si parece la mayor tontería. No creáis en los demás, no los sigáis ni viváis sus vidas, ni intentéis cumplir sus deseos, porque, si lo hacéis, siempre acabaréis llevándoos un buen batacazo, seguido de una profunda sensación de desesperanza.
Tus padres no quieren lo mejor para ti; quieren realizar a través de ti lo que ellos no pudieron o no fueron capaces de alcanzar. Eres la goma de borrar de los errores de sus vidas, con la que creen poder borrar los errores que cometieron en el pasado. Se ven a sí mismos en ti y no quieren volver a ver los errores que les impidieron alcanzar los sueños que tenían para sí cuando tenían la edad que tienes tú ahora. Ellos también se equivocaron, tomaron malas decisiones muchas veces y, al final, por todos esos errores y malas decisiones, se jodieron la vida. Y no quieren que tú cometas esos mismos errores. La vida de tus padres no es tu vida, así que no dejes que te influya lo que hacen, a qué se dedicaron, lo que quieren sacar de ti o a quién quieren ver cuando te plantes delante de ellos. Que no lleguen a conocer a la persona que eres. Conviértete en quien quieres ser y sigue siempre tu puto camino; de lo contrario, echarás a perder tu vida y no podrás vivirla de verdad.
A partir de cierta edad, los padres ya no pueden formar parte de tu vida y, aunque siempre seguirán estando ahí para ti y, por supuesto, tú para ellos, tu vida debe ser decisión tuya, en la que nadie más tiene ni puede tener voz ni voto. Tú tienes que decidir, pero también asumir la responsabilidad de tus decisiones. Solo así podrás ser una persona, en lugar de un títere al que otros manipulan, el personaje de una película que tú no diriges. Mientras no interioricéis esto, no estaréis viviendo vuestra propia vida ni avanzando hacia la realización de vuestros propios sueños, sino hacia la de los sueños de vuestros padres.
Vosotros, los que ahora tenéis entre 16 y 18 años, pronto os enfrentaréis a una de las decisiones más importantes de la vida. El instituto es el último lugar donde, durante un tiempo prolongado, pueden convivir personas de un amplio abanico de clases sociales, independientemente de sus cualidades. Todavía están en la misma aula quienes llegarán lejos, quienes pasan desapercibidos entre la multitud y solo aumentan el número, y sí, también están entre vosotros los desechos más bajos de la sociedad, incapaces siquiera de alcanzar la media y que probablemente nunca lo conseguirán. Todavía comparten aula los directivos de empresas con los camareros, y comparten mesa los empresarios de éxito con quienes, durante los próximos años, probablemente pronunciarán más que nada la pregunta: «¿Se lo pongo con patatas más grandes y refresco?».
Sin embargo, al salir del sistema de educación secundaria, empieza la selección propia de la vida adulta y pronto descubriréis qué significa el sistema de castas y a qué nos referimos con diferencias sociales, culturales y existenciales.
A los 18-19 años uno se enfrenta a la decisión más importante de su vida, y esa decisión jamás, bajo ninguna circunstancia, puede tomarla nadie más que tú, únicamente tú. Te toca decidir hacia dónde seguir. No puedes elegir lo que tus padres consideran mejor, ni dejar que influya en tu decisión el lugar al que se fueron a estudiar tus amigos, porque ahora estás en una gran plaza de la que salen miles de calles, y si tomas el camino equivocado, puede que jodas toda tu vida. En este punto, una mala decisión puede tener consecuencias imprevisibles y, aunque ahora todavía no sientas sus efectos negativos, los notarás con el paso de los años, y para entonces puede que ya no haya vuelta atrás o que no tengas fuerzas suficientes para empezar de nuevo.
La vida adulta es un mundo frío, cruel e injusto, donde siempre se sale con la suya el perro más fuerte. La gran tragedia de las mujeres es que creen que pueden conseguirlo todo con su belleza, y durante un tiempo es así, pero los años pasan inexorablemente, y basar toda una vida en una belleza pasajera sería un error tan grande como basar tu progreso económico en un préstamo de Provident. Tarde o temprano todo el mundo pasa por una evaluación, y empiezas a poner las pesas en la balanza a los 18 años.
De joven puedes ser quien quieras y vivir como quieras. Lo que a los 19-20 años todavía se acepta como rebeldía, y tiene su gracia, como hacerse el punk, beber VBK y pedir cigarrillos en los festivales, unos años después solo hará que te llamen vagabundo, y sentirás en la cara el escupitajo de desprecio de la sociedad.

A ciertas etapas de la vida solo puedes llegar con el paso de los años, y también es solo con el tiempo como puedes vislumbrar un mundo que siempre estuvo delante de ti, pero que no podías ver por tu edad, porque aún no había llegado el momento de que se te mostrara. En la vida nada es lo que parece, y todo debe ser solo una etapa, no el destino final; más vale que te lo grabes.
A los 19-21 años piensas que un trabajo es lo que necesitas para salir adelante; todavía crees que, si te contratan como becario en algún sitio que te parece guay, si consigues entrar en una multinacional, tu vida ya está encarrilada y puedes considerarte una persona de éxito.
Pues estás muy equivocado.
Por tu edad, esto es sin duda un éxito y parece un resultado digno de elogio en Facebook, pero si entrar ahí es el punto final de tu vida y no una parada insignificante en tu camino, entonces, por muy importante o exitosa que te creas, no eres más que un tono insignificante e imperceptible del gris.
La edad adulta es otro mundo, con sus propias reglas, que nos rodea como una burbuja invisible. Nadie ve esa burbuja, las reglas no escritas no están escritas en ninguna parte, nadie puede subir los peldaños de la escala social y, aun así, este caos invisible y enmarañado, que a veces parece caótico, funciona como un sistema. Tienes que entenderlo, pero no podrás aprenderlo de ninguna otra manera que no sea a base de muchísimos golpes de mierda y una cantidad inconmensurable de decepciones.
Ama los golpes que te da la vida, es más, búscalos y alégrate si son lo más fuertes posible, porque sin ellos no podrás desarrollarte. Un trabajo no es una alternativa, sino una etapa en la que puedes aprender muchísimo, porque un lugar de trabajo es el reflejo de la vida misma: allí experimentas lo que significan la maldad humana, la mezquindad, la mala intención y el pisoteo de los demás; allí aprendes a engañar a otros, a mover las piezas para acabar llevándote el premio gordo, donde tienes que ganar tú, porque si no, te aplastan. La primera prueba de la edad adulta no consiste en si consigues algo, sino en si eres capaz de mantenerte a flote cuando todos los demás te hunden la cabeza bajo el agua. Los primeros años de la veintena consisten en sobrevivir y adquirir las habilidades necesarias para lograrlo.

La creatividad, el talento, la capacidad de ver las cosas con claridad, las ganas de actuar y de crear, es decir, todas esas cualidades con las que puedes alcanzar cualquier cosa por tu cuenta en la vida, no son bienvenidas en el mundo corporativo, y tampoco dejarán que las desarrolles. Claro que a todas las empresas les convendría contar con la mayor cantidad posible de personas formadas, talentosas y creativas, pero aquí tampoco hay que olvidar el factor humano, como siempre. Siempre habrá personas que tiemblan por conservar su trabajo y que son capaces literalmente de cualquier cosa para mantener su puesto; si ven que llega alguien más competente que ellas, harán todo lo posible para dejarte sin opciones en defensa propia o, si eso no basta, para echarte de allí.
Tener un empleo no sirve para nada más que mantenerte a flote. Alquiler, comida, alcohol, un viaje al año. Es el modo de vida clásico, pero ¿de verdad la vida consiste solo en eso? Las limitaciones de la vida laboral hacen que sea imposible sacar lo que realmente llevas dentro. Por un lado, no te dejarán y, por otro, el techo que imponen los puestos no lo permite.
A los 21-23 años, si todavía sigues a flote y no trabajas de cajero en H&M, empezarás a saborear la vida y cobrarán sentido conexiones que hasta entonces parecían no tenerlo. Como ya he mencionado, el objetivo es que llegues a ser independiente y dueño de tu vida, para que no sean otros quienes decidan por ti o sobre ti.
Aprende de la vida todos y cada uno de los putos días, y da gracias al destino si tienes la oportunidad de conocer a alguien más inteligente, culto, experimentado y con más mundo que tú. Devora la información que recibas de esas personas o de las situaciones que te depare la vida, en las que tendrás que ponerte a prueba y superar hasta los obstáculos más difíciles. Los años universitarios no son fantásticos por las asignaturas que estudias, sino por los profesores con quienes entablas conversación a lo largo de esos años. Absorbe todo lo que te ayude a crecer en la vida, incorpóralo a tu propio trabajo y, si encuentras algo extraordinario, adáptalo a tu manera. No hace falta inventar cosas nuevas; basta con seguir desarrollando lo que ya existe, pero para eso tú también debes tener ese plus que permita que siga evolucionando.

Los años como empleado y subordinado son solo una etapa, y así debes considerarlos. Solo una etapa inevitable del camino hacia tu objetivo. Si eres bueno en algo, te abrirás camino, pero para eso tienes que hacer lo que te gusta. Y es precisamente en este punto donde vuelve a cobrar importancia si, después del instituto, seguiste el camino que te dictaba el corazón o el que otros te llevaron a tomar. Nunca destacarás si vives una vida que no sientes como propia o si haces lo que otros te han impuesto.
Pero no es tan sencillo, y la historia no puede terminar aquí, porque aún hay algo más cuya ausencia te impedirá salir adelante. Por desgracia, no se puede aprender, comprar ni, mucho menos, adquirir como conocimiento.
Es una capacidad que o tienes dentro o no, y esta es la verdadera selección de la sociedad: la superioridad de las capacidades heredadas y de la motivación, junto con esa actitud que termina dando forma a la personalidad de cada individuo.
Y esto es el sentimiento de estar llamado a crear, el impulso de querer construir algo, de diseñar un mundo en tu mente y hacerlo realidad en la vida, además de contar con las cualidades necesarias para lograrlo. O lo tienes dentro o no. Tarde o temprano te darás cuenta de si posees esas cualidades, porque la sociedad, la vida o quién coño sabe qué te pondrá frente a esa realidad, y cuando eso ocurra, será el primer día de un camino de dolorosos descubrimientos o, precisamente, hacia tu independencia.
