La Parte Secreta 1.ª

A Titok l.rész

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A finales del siglo XX, la mayoría de las ideologías se habían degenerado, y la primera década del siglo XXI terminó de acabar con todo lo que antes significaba algo. La mayoría de las ideologías y corrientes, tras los turbulentos años 60 y 70, quedaron vacías en los 80 y demostraron ser incapaces de renovarse. Lo ejemplifican a la perfección las tendencias de color y estilo demencialmente horteras que se hacían pasar por moda en aquella época, el sonido musical insustancial y fácil de digerir —por mencionar solo el nacimiento del horror llamado synth pop—, por no hablar de la total ausencia de una cultura creadora de valor. La revolución sexual perdió fuerza, los movimientos de emancipación alcanzaron sus objetivos, con los que, por cierto, las mujeres siguen sin saber qué hacer hasta hoy, y la vida política también parecía apaciguarse tras salir de una tensión exacerbada por la Guerra Fría que había durado tres décadas. Sin embargo, en retrospectiva, a pesar de lo risibles que resultan, los años 80 pasarán a los libros de historia como una década importante y decisiva, porque el mundo cambió radicalmente en todos los ámbitos durante esos años, y en los 90 empezó a perfilarse un nuevo y despiadado mundo financiero, cuyos efectos llevamos sufriendo desde hace unos años y en el que, por cierto, ya no hay personas, sino solo consumidores. 

El proceso comenzó a principios de los años 90, durante el gran auge económico, y hoy está en pleno apogeo. Ha dado lugar a una sociedad embrutecida e intimidada, privada de sus derechos desde hace mucho y que hace tiempo perdió sus ideologías. Desde mediados de los años 90, los medios globales han criado generaciones enteras y una mercadotecnia agresiva nos rodea a todos desde muy pequeños, hasta el punto de que ya nadie se da cuenta de que nos hemos convertido en robots que funcionan a partir de estímulos simples y reaccionan a consignas de una sola palabra, a quienes se les puede vender cualquier cosa: las empresas solo tienen que encontrar la caja del color adecuado, y todos esos idiotas la compran sin hacer preguntas ni poner reparos. En Facebook damos «me gusta» si algo nos agrada y lo compartimos, a ser posible, una imagen de demotivalo con alguna verdad de la vida hecha de cinco palabras. Tres mil «me gusta» al día, y con eso todos expresamos nuestra individualidad por ese día y hacemos saber a los demás lo profundos que son nuestros pensamientos. Pero con las compras no funciona de otra manera. ¿Es colorido? Lo compramos. ¿Está rico? Nos lo comemos. ¿Qué más da lo que lleve, si la caja brilla y sabe bien? ¿A quién le importa lo que contiene, no? Si alguien no entiende algo, no se informa ni lo busca en Google. No estamos acostumbrados a pensar por cuenta propia; no es lo que conocemos. Estamos acostumbrados a que nos lo den todo hecho y, a ser posible, de inmediato: si queremos algo, lo compramos; si necesitamos algo, ahí está el dinero y lo conseguimos. Nos ponen delante una imagen y un texto que suena bien, y si nos hacen creer que así mejorará nuestro estatus social o que nos veremos mejor, casi seguro que lo compraremos...

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Sí, pero por desgracia eso no va a funcionar muy bien con las dietas. Pero como al otro lado de la mesa hay mujeres, la pregunta no es qué van a comprar, sino cuándo. Ahora o 20 minutos después. Es como la primera vez que tienes sexo. En la primera cita todavía no me atreví porque, claro, no soy una puta, pero en la segunda ya sí; hasta podría ser al día siguiente. Pero si somos hábiles y nuestro marketing es adecuado, en una proporción nada desdeñable de los casos también conseguiremos que funcione en la primera cita. Hay que decirle algo a una mujer dos veces para que se lo piense, y tres para que lo compre, sobre todo si es blanco, rosa o, Dios no lo quiera, también brilla. Las empresas lo saben; no en vano las mujeres se han convertido en el principal grupo objetivo de todas las grandes empresas. Las mujeres sencillamente necesitan dar vueltas a las cosas en su cabeza, encontrar explicaciones para las mayores estupideces. Hay que darles un poco de tiempo para que se convenzan de que lo que hacen no es una gilipollez y de que tiene sentido meterse en las mayores locuras, aunque sea una auténtica demencia y no haya explicación posible. Todas las mujeres saben perfectamente qué hombre las va a joder bien jodidas, pero se convencen de que no será así, de que él es distinto a los demás; y luego, claro, se llevan un buen hostión y hasta puede que las lágrimas sean de verdad, aunque desde el principio sabían perfectamente que acabaría así. Los hombres saben cómo embaucar a una mujer, qué decirle y cómo tratarla para que no se sienta tan puta. Los directivos de las empresas no hacen otra cosa que trasladar este método al mundo del consumo, y la única diferencia es que no quieren meterse en las bragas de las mujeres, sino en sus carteras. Y así como a una mujer se le abren las piernas fácilmente con las palabras adecuadas, también se le abrirá la cartera. Con los productos se llevarán el mismo chasco que las veces que también les dan entrada a esos capullos. ¿Te acuestas con un tío sin futuro? No es que los hombres sean unos cabrones, es que tú eres una ingenua imbécil, mi cielo. ¿Te compras medio kilo de harina de mierda, de mala calidad, en una caja, haciéndola pasar por un producto adelgazante cutre, cuando se ve a la legua que es un timo y una porquería? El culpable no es el fabricante, sino quien, a pesar de todo, es tan idiota como para comprarlo. Así de sencillo, porque ya sabes: solo hay estafadores cabrones mientras haya pájaros descerebrados a los que se pueda engañar. 

Nos tienen completamente idiotizados, y lo más triste es que lo hacen de forma deliberada y sistemática, porque la gente idiota no sospecha, la gente idiota no da problemas. En cambio, una sociedad que piensa es peligrosa, porque al final puede que grandes masas se den cuenta de que las toman por tontas y, cabreadas, acaben destrozando algún que otro edificio gubernamental. El marketing multinivel, como su propio nombre indica, es una de las formas más brutales y repugnantes de marketing, un método que, en mi opinión, no se diferencia en nada de las técnicas de los estafadores delincuentes comunes, y solo Dios sabe por qué estas formaciones sectarias siguen siendo legales. Pero, bueno, las putas también existirán mientras haya demanda, y mientras sigan reproduciéndose sin parar idiotas a los que se pueda engañar, siempre habrá algún descerebrado energúmeno que crea en el sistema MLM, incluso cuando, años después, con el nivel diamante metido por el culo, siga haciendo llamadas en frío desde la cafetería de un centro comercial.  

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Cuanto más tonta es una masa de gente, más fácil es hacerle tragar la mierda más apestosa. En los agotados años 80, los expertos en marketing y los creativos de las agencias publicitarias se dieron cuenta de que los mensajes más eficaces hasta la fecha y capaces de llegar a lo más profundo de la psique podían calar si empezaban a apelar a las emociones de la gente, a su conciencia religiosa o a la fe que tenían en el mundo de la ciencia. La culminación de este proceso y de la manipulación de personas embrutecidas es la película El secreto, estrenada en 2006, que se ha convertido en la biblia número uno de todo vendedor sin alma y de todo sistema de marketing multinivel. La esencia de la película es el mensaje de la ley de la atracción: si crees en tu desarrollo y te centras en las cosas positivas, las atraerás y tus sueños se harán realidad algún día, porque cada pensamiento emite vibraciones y lo semejante atrae a lo semejante. La película también sostiene que nuestros pensamientos dirigen nuestra vida, seamos conscientes de ello o no, porque los pensamientos tienen poder creador. Aquello en lo que pensamos y que creemos posible se hace realidad. Así que para triunfar no hay más que creer en ello y pensar constantemente en el objetivo fijado; tarde o temprano, el éxito se hará realidad, porque el éxito imaginado lo atraerá también en la vida real…

UNA PUTA MIERDA.

Estos disparates son una puta mierda y el refugio de gilipollas delirantes que se engañan a sí mismos. Me imagino a todos esos inútiles fracasados, capullos del desarrollo personal, escuchando CD en el coche y leyendo libros de autoayuda mientras esperan la salvación, creyéndose a pies juntillas estas tonterías vagas como la ley de la atracción, el pensamiento positivo, el cristianismo pragmático, la metafísica práctica o la ciencia divina. ¿De verdad alguien cree que su vida mejorará y tendrá más dinero si llena las paredes del salón con sus sueños y con la foto de la casa junto al mar que quiere comprarse? Pero ¿cómo se supone que funciona eso? O sea, si me siento en el sillón y creo con todas mis fuerzas que van a aparecer dos tías buenísimas y, con el boleto de lotería ganador en las manos, me la van a cascar, ¿tarde o temprano ocurrirá?

Nunca, repito, nunca nadie conseguirá nada en la vida si no trabaja duro para lograrlo y si su determinación no va acompañada de una voluntad arrolladora, capaz de derribar todos los muros. Mamá, nunca vas a adelgazar por mucho que pienses con todas tus fuerzas, y en positivo, en tener una figura más esbelta. Estas tonterías son muletas para los vagos cabrones, y todo el que cree en ellas en vez de actuar de verdad para alcanzar el éxito y pretende averiguar cómo conseguir su primer millón de vida leyendo libros es un pobre idiota. La ley de la atracción existe, pero no consiste en creer en ella y ya está, sino en creer en ella y actuar. Así sí.

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Mi madre tenía una frase genial con la que quería explicarme las diferencias de la escala social y sus distintos peldaños, así como las diferencias entre castas en todos los niveles: «Un médico puede fregar el suelo, pero un limpiador no puede operar». Algo así funciona también en el terreno de la fe y la acción. La fe y la esperanza por sí solas no sirven para una mierda. La oración y los pensamientos nunca han ayudado a nadie; en cambio, la acción, el trabajo constante y la humildad siempre dan sus frutos. Las acciones rigen este mundo, porque la imaginación y los pensamientos por sí solos no bastan. Hay que esforzarse y no mirar atrás, solo seguir adelante, sin suplicarle a ningún Dios, porque ningún Dios te ayudará si te quedas en casa, pudriéndote por dentro como un coche oxidado en un desguace.

Rara vez rezo, pero cuando lo hago no digo más que «por favor, Señor, esta vez no te interpongas en mi camino», y eso es lo máximo que puedo pedir, porque no vas a recibir nada más, ni tú ni nadie. Esto no es herejía ni una visión pagana, simplemente es una forma de ver las cosas que no me permite engañarme ni entusiasmarme con cosas que quiero conseguir sin invertir trabajo ni energía. A eso se le llama delincuencia o, en el peor de los casos, enfermedad mental. Así que, si todo el mundo se hiciera el favor de no dejarse llevar por falsas ilusiones y no esperara que su destino mejorara gracias a alguna ideología de moda, bien promocionada y fácil de digerir, quizá todavía habría alguna posibilidad de que consiguieras algo en la vida, porque, créeme, sin actuar ni siquiera llegarás al punto de saludar con tristeza a la persona que podrías ser en realidad... 

Fin de la primera parte...

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