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Si alguien me preguntara qué procesos harían falta para que estallara otra guerra mundial o para que se extendiera globalmente una anarquía total que acabara con el orden actual, no me lo pensaría ni un instante antes de responder. 1. Un apagón 2. La desaparición de internet 3. La eliminación masiva e injustificada de cuentas de Facebook. Estoy convencido de que estas 3 cosas desencadenarían procesos a los que hasta los incas ya aludían al hablar de los últimos días de la Tierra.
Anoche me cortaron internet porque llevaba un tiempo olvidándome de pagar las facturas, y ahora estoy aquí mirando como un pasmarote y, bromas aparte, estoy desesperado. Para empeorar las cosas, tengo internet y la televisión por cable conectados, así que tampoco tengo tele, y me espera la noche más larga de los últimos años. La última vez que lo pasé tan mal fue cuando, en Inglaterra, unos días después de mudarme, en la casa no había ni luz ni calefacción ni nada, y yo estaba sentado en aquella puta casa enorme, a 2600 km de Budapest, en enero, solo, en una casa fría, entre un montón de ingleses feos, detrás del barrio pakistaní. Estuvo genial. Aunque ya entonces tenía claro que un apagón es el mejor método anticonceptivo; el gran apagón de Nueva York de 2004 es la prueba viviente: durante 2 días enteros no hubo electricidad en ningún sitio, desde Manhattan hasta Nueva Jersey. Y nacieron tantos niños como en un día cualquiera en China...
Además, creo, y estoy perfectamente convencido de que, si cortaran Internet durante una semana, aquí ocurrirían cosas espantosas, porque Internet nos mantiene en un coma apático artificial, aunque nuestras relaciones humanas mejorarían muchísimo. Llevo más de dos horas sin Internet y ya empieza a salir de mí el demócrata —por supuesto, no en el sentido de Gyurcsány—, y empiezo a cabrearme muchísimo porque no puedo comentar en Facebook en el grupo «No al EVA del 37 %», ni preguntarme cómo demonios se les ocurre lo del impuesto inmobiliario del 3 %. En nuestro caso, este tipo de impuesto nos costaría 1.200.000 HUF al año en lugar de 200.000, y eso sería solo el puto impuesto inmobiliario; luego esos gilipollas del parlamento se extrañan de que cada vez haya más húngaros viviendo en Inglaterra que aquí. Por supuesto, también soy consciente de estos problemas los demás días del año, pero de alguna manera entonces no me llaman tanto la atención, porque en el mundo de http:// todo es distinto. Mientras tengamos Internet y una herramienta para influir en la opinión pública en nuestras manos, con la que y donde podamos desahogarnos con estas injusticias, todo está bien, porque mientras estén Twitter, Facebook, Tumblr, la posibilidad de comentar o de escribir un blog, la única revolución que habrá aquí será en el número de «me gusta». Mientras tengamos dónde escribir «Matolcsy, que te jodan», «Gyurcsány, pedazo de mierda, lárgate de una puta vez, por tu culpa Jobbik será la segunda fuerza», o que a los bancos les jodan la puta madre uno por uno, mientras podamos sacar todo esto de dentro escribiéndolo, al menos sentiremos que hemos hecho algo y que hemos ejercido nuestros derechos democráticos, perdidos hace mucho tiempo.
Intenten vivir solo 3 días sin Internet, pero no sin la maldita Facebook, sino sin Internet en general. Nada de Origó, ni sitios para ligar, ni pedir comida, ni descargas, ni Neptun, ni correo electrónico ni Google, cuya existencia hace que al menos 12 de los 16 años del sistema educativo ya sean prácticamente del todo innecesarios. Abro el navegador Chrome cada diez minutos involuntariamente, y cuando aparece la página behajtas@t-home.hu siempre me echo a llorar. Es como la carpeta porno. Sabes que no puedes vivir sin ella, pero no aprecias que exista hasta que se te estropea el disco duro y todas tus películas desaparecen en un instante. A mí ya me pasó en 2004, conozco la sensación, sé de lo que hablo. Desde entonces todavía no he conseguido superar emocionalmente aquel día, y probablemente tampoco esta noche…
