En casa con el niño – Tercer día
En los últimos 30 años he aprendido que, cuando la presión es grande y te enfrentas a dificultades, no debes acobardarte ni buscar atajos para ver cómo hacer que todo sea más fácil. Tienes que plantarte y poner todavía más de tu parte.
Ayer escribí que salir de casa con el niño no había sido simplemente una mala experiencia, sino que había acabado con mi entusiasmo de «¡qué bien se está en casa con el niño!». Ayer escribí que, con toda probabilidad, no iría a ninguna parte con el niño durante las próximas semanas. Y eso es lo que pensé hasta la mañana siguiente, cuando recordé que conmigo no se juega. Y mucho menos voy a dejar que lo haga mi hijo de un año, así que decidí que iríamos a hacer la compra. Pero no una escapadita a la tienda de la esquina a por un litro de leche, sino una compra grande de verdad.
Escribí lo cansadísimo que estaba ayer y que me vendría bien poder dormir hasta recuperarme. Ádám, por supuesto, colaboró plenamente, ya que se despertó cada hora durante la noche. Así que, después de haber dormido unas tres horas, me puse manos a la obra y así arrancamos el día de la compra. Cansado, pero con más cabeza.
Digo que con más cabeza porque me di cuenta de que hasta ahora había querido hacerlo todo como se lo había visto hacer a Reni. Quería vestirlo igual, al mismo ritmo y ponerle la misma ropa. Pero eso es un gran error. No porque Reni lo haga mal, sino porque se puede hacer de una forma mucho más sencilla, así que empecé a racionalizarlo.
Ayer tuve muchísimos problemas con los zapatos del niño, así que ahora le busqué unas zapatillas de estar por casa y se las puse.

En un instante ya tenía los zapatos puestos, y ese fue el momento en que volví a sentir que podría con estos 30 días. Saldría adelante tal como yo lo organizara, tal como yo lo planificara.
Ahora me ocupo yo del niño.
Agoto al niño por la mañana. Cuando empieza a frotarse los ojos, ya tiene sueño; entonces le doy de comer y enseguida se va a dormir. Mientras duerme, lo preparo todo, le dejo la ropa lista y le preparo la bolsa. Cuando Ádi se despierta, ya está todo listo y podemos salir.
La calidad del cuidado del niño depende únicamente de cómo lo organice. Si lo hago bien y me organizo, estos 30 días se me harán mucho más llevaderos, pero si lo hago mal, ya estaré gimoteando en un rincón a las tres de la tarde.
Fuimos al Tesco de Budaörs.
En general, cuando Reni me manda a hacer la compra, siempre me pone en la mano una lista larguísima de lo que tengo que comprar, de qué marca, que abra siempre los cartones de huevos para comprobar que no haya ninguno roto, y alguna que otra tontería más que a mí me parece totalmente innecesaria, pero he aceptado que así son las cosas.
Pero ahora no.
También llevaba una lista, y estaba a punto de sacarla, pero entonces me detuve y me dije que no. Que le den a la lista. Estos 30 días son míos, ahora me ocupo yo del niño y le compro lo que me parezca bien. Guardé la lista y fui cogiendo de las estanterías cosas para darle a Ádi. Claro que seguí la lista básica de Reni sobre lo que puede y no puede comer el niño, pero esta vez no andaba en una misión para encontrar aquella marca en concreto.

Mientras paseaba, de repente sentí que estaba bien. Justo pasaba por delante de los embutidos cuando sentí que mi vida estaba en orden, que me sentía bien. Qué bien estar aquí con mi hijo.
¿Y sabéis qué más sentí?
Que soy un hombre de cojones. Me sentí de lo más masculino en toda esta situación, en esta etapa de mi vida en la que soy padre. Me sentí 10 veces más masculino que cuando me hacía el gallito por la noche, y unas 100 veces más que cuando vivía solo y me follaba a jovencitas veinteañeras.
Creo que ser buen padre es lo más masculino que hay. Mientras haces la compra, en una ludoteca o donde sea. Y pienso lo mismo de las mujeres. Para mí, una mujer que es buena madre representa la esencia de la feminidad y es lo máximo que puede alcanzar como mujer. Puede que esto no les guste a algunas personas, pero es mi opinión subjetiva y así es como lo veo. Ya lo pensaba antes y, a la luz de lo anterior, ahora lo pienso todavía más.
Por cierto, la compra fue todo un éxito. Ádi se quedó dormido en el coche de camino a casa sin llorar ni un solo segundo, y quien conoce a Ádi sabe lo raro que es eso.

Llegamos a casa, lo acosté y entonces sentí algo nuevo.
Me aburro.
Sencillamente, no sabía qué hacer conmigo mismo. Claro que había cosas por hacer, pero por más que pensaba en lo que tendría que hacer, solo se me ocurrían tareas domésticas, lo cual, para ser sincero, me quitaba un poco las ganas de vivir. Así que hice lo que resultó ser la mejor idea.
Invité a mis amigos a cenar.
Pues no tendría que haberlo hecho, porque estas cenas en las que invitas a tus amigos, ahora que prácticamente llevo yo la casa, son muy distintas de como las recordaba.
Llamé a Reni para decirle que por la noche venían invitados. «¿Cuántos?», preguntó. «8», le dije. «Ah, qué bien. ¿Y qué van a comer?»
Joder…
Nunca en mi vida había cocinado para invitados, pero ese ni siquiera es el problema, sino que no sé cocinar. Y lo que es todavía peor, ni siquiera quería hacerlo. Ahora mismo me resulta totalmente impensable preparar la cena para 8 personas, y aún más que se la comieran, porque seguro que habría quedado horriblemente mal. Llamé al restaurante para preguntar si podían preparar la cena para 8 personas. Sí podían.
No voy a aburrir a nadie con más detalles de la noche; limitémonos a lo esencial.
Si tú llevas la casa, te toca ir y venir toda la noche entre la cocina y la mesa.
No entiendo por qué hay que poner en un plato esa comida que han empaquetado precisamente para que se pueda comer perfectamente de la caja.
No entiendo por qué no se puede beber un refresco en una copa de vino, por qué hace falta un vaso aparte. Al fin y al cabo, no son ellos quienes tienen que lavar los platos después, joder. Lo mismo pasa con los platos.
Tengo un hambre bestial y justo voy a empezar a comer cuando el niño me tira de los pantalones. Reni me mira y me dice: «Dale de comer». «No me lo puedo creer», digo. Y empiezo a darle de comer al niño con la sopa que más ganas tenía de comer, mientras todo el mundo come a mi alrededor. Sí, Reni también.
Cuando el niño ya estuvo satisfecho y por fin pude empezar a comer, no lo hice porque había que acostarlo. Dejar la mesa de la cena, bañarlo, preparar la leche de la noche y dormirlo.

Cuando volví, toda la comida se había enfriado.
Todos los días tienen una peor parte. Hoy llegó después de las 10 de la noche, cuando se fueron los invitados. Yo estaba a punto de sentarme, muerto de cansancio, en cualquier sitio, cuando Reni me recordó amablemente que había que recoger la mesa y ordenar la cocina.
Bueno, esta fue la peor parte del día: te levantas a las 6 de la mañana, sigues hasta las 10 de la noche y, cuando por fin termina todo, toca la cocina. Pero, la verdad, no me apetecía ponerme con eso. Dejé la mesa recogida, pero la cocina me importó una mierda, tal como estaba. «Ya lo hago mañana», me dije.

Ayer escribí que no iría a ningún sitio. Al final, al día siguiente sí que fui, pero ahora lo escribo pensando que de verdad voy a cumplirlo. Durante este mes, no va a poner un pie aquí nadie, porque no necesito este circo con los platos, ni lo de ordenar y todo eso.
Y para resumir un poco todo lo anterior.
Todavía no he puesto la lavadora.
Todavía no he limpiado.
Todavía no le he cocinado nada a Reni, pero tampoco a mí. Ahora, cosas como planchar, ni las toco, porque no quiero ni oír hablar de ellas.
Sin embargo, con el niño hago todo lo que puedo: tiene todo lo que necesita, está limpio, siempre come y también estoy pendiente de que duerma bien. Ya le estoy pillando el truco a lavar los platos, y no me refiero a meterlos en el lavavajillas y listo. Creía que era así de fácil, pero no. Los metes en el lavavajillas, y ya colocarlos es un fastidio; luego, cuando todo está limpio, hay que guardarlo. Cuando vivía solo, por eso no tenía ni un plato. Me compraba en Aldi esos platos de plástico de cien unidades, cubiertos de plástico y vasos de papel, y listo.
La vida era mucho más sencilla. Pensé en volver a hacer lo mismo ahora, pero Reni seguro que me enterraría en el jardín. Aunque igual yo también me enterraría, si tengo que planchar aquí y andar cambiando las sábanas.
