Payasos que cambian de estilo de vida en enero
¿Sabéis qué me molesta de la multitud que aparece en el gimnasio en enero, de esos que cambian de estilo de vida durante un mes? Exactamente lo mismo que de los hinchas de moda que aparecen en el Mundial de fútbol y en los partidos de la Liga de Campeones, que no tienen nada que ver ni pintan nada en esos eventos, pero cuya presencia basta para estorbarme y no dejarme ver el partido en la pantalla gigante.
Esto es lo que más me cabrea. Los monos de la moda, que solo aparecen en algún sitio cuando les parece que está de moda y que toca, y en la última fila, no por convicción, sino solo para reafirmarse o para formar parte de algo que, por supuesto, no entienden ni les interesa, pero que, después de leer y oír hablar de ello en tantos sitios, sienten que tienen que presenciar. Demuestran lo importantes que son, que están en los eventos que consideran modernos, allí donde pasan cosas, donde forman parte de la cultura del hype, porque algo que sigue mucha gente seguro que es bueno. Ya sabéis, vosotros sois únicos. Donde hay multitudes, vosotros también tenéis que aparecer.
Dios mío, cómo odio a esta gente. Se sientan delante de mí con una camiseta de fútbol y luego, si medio año después les pregunto a quién apoyaban en el Mundial, tienen que pensárselo un poco y después dicen Brasil, pero solo lo saben porque se acuerdan del color amarillo. Y cuando les pido que nombren a algunos jugadores, el idiota responde lo siguiente.
«Eeeeh, Ronaldo… ¿o no era brasileño?» Tu madre.
Pero el verdadero infierno es la aparición de las mujeres, por supuesto, cuando tienen lugar estos mismos eventos mundiales y con las mismas motivaciones que ya he enumerado antes. Y enseguida, una pregunta para empezar. ¿Qué demonios buscan esas mujeres delante de las pantallas gigantes en los partidos de la fase de grupos del Mundial de fútbol, que, claro, me impiden ver nada, y que el resto del año no solo pasan olímpicamente del fútbol, sino que además protestan abiertamente contra él? Y, por supuesto, siempre quieren sexo y que les preste atención justo cuando quiero ver tranquilamente dos tiempos de 45 minutos. No en el descanso, no, joder, nooo. Entonces, como por arte de magia, desaparecen las ganas de que les preste atención; es más, entonces empiezan los reproches y el enfado: «Mira tu maldito fútbol, no me dediques solo 15 minutos», y luego, en la segunda parte, todo vuelve a empezar. ¿Cuánto queda? Supongo que es una pregunta conocida, hecha, naturalmente, tres minutos después del saque inicial, y estas mujeres están sentadas delante de mí. Bueno, sentadas no: están hablando entre ellas de tonterías.
Bueno, precisamente esto es lo que me irrita de los gimnasios durante las primeras semanas del año. Digo semanas, porque un mes entero ya sería exagerar. Al comienzo del año, el mismo ejército de inútiles que no pintan nada invade los gimnasios, con sus mantras de «año nuevo, nuevos propósitos» y «este verano por fin voy a estar en forma», aunque, por supuesto, ni ellos mismos se lo creen, igual que el año pasado, el anterior o incluso hace 8 años. Van al gimnasio porque no quieren escupirse en la cara de forma tan descarada y, bueno, porque ya se han comprado el abono mensual, pero todos saben cómo termina. Todo acabará en nada, y eso lo saben también los que empiezan a principios de año, lo saben quienes van allí con regularidad y no solo del 3 al 15 de enero. ¿Y nosotros no vamos a poder enfadarnos cuando por su culpa no haya ni taquillas ni máquinas libres?
Yo sería el más feliz si estas personas siguieran yendo al gimnasio más tiempo que el ciclo de vida de una araña de agua, pero, por supuesto, eso no pasa. Se pasean por el gimnasio unas cuantas veces y, después de 2-3 semanas, lo dejan, pensando algo como: «Aún falta mucho para el verano, ya empezaré en marzo, o en abril, pero entonces sí que me lo tomaré jodidamente en serio, y no habrá vuelta atrás». En cualquier caso, ya tienen las zapatillas nuevas y la ropa de entrenamiento que acaban de comprar, a juego.

¿Y cómo sé que no van a seguir allí? Se les nota en la cara. Ninguna convicción, ninguna fe, ninguna determinación real, nada. Solo esa cara de «quiero tener buen cuerpo, pero no me apetece nada todo esto», ese aburrimiento, ese asco al ver las máquinas, como cuando uno ve a un vagabundo cagando en la calle. Para estas personas, las máquinas no representan una vida mejor, el deporte, un metabolismo adecuado ni los muchos efectos positivos que ofrecen, sino que simbolizan el objeto de su sufrimiento, algo que no les apetece en absoluto, pero en absoluto.
Y hacia mediados o finales de enero, esta gente desaparece sin más, como el año pasado, el anterior y como volverá a desaparecer el próximo año. Se rinden ante el primer obstáculo: el cardio es demasiado duro, entrenar en el gimnasio supone demasiado esfuerzo, con toda probabilidad ya llevan cinco días sin seguir la dieta, aunque solo empezaron hace diez, y, de repente, ya se encuentran en febrero en una puta clase de zumba o en algún espectáculo igual de absurdo y ridículo, enorme y que no sirve para una mierda. Ese es mi problema con los que van al gimnasio en enero.
Pero espera, me he dejado lo mejor: resulta que tendría que elogiar a esta gente por el mero hecho de haber venido y animarla a que no se rinda, porque, claro, esa sería mi obligación, y no desanimarla desde el principio con publicaciones como esta.
Bueno, aclaremos una cosa. No mimo a idiotas, a gente incapaz de salir de su zona de confort, que se mueve con la delicadeza de una mimosa y se queja como si se le fuera a romper una uña. No aplaudo a alguien por haber sido capaz de ir al gimnasio en el marco de un cambio de estilo de vida claramente pasajero, cuando ni siquiera se lo toma en serio y el trabajo que hace allí sería mejor que no lo hiciera, porque, como digo, al menos no acapararía las máquinas, yo tendría una taquilla y no tendría que esperar 25 minutos a que algún payaso deje de estar en Facebook y se digne a terminar su «entrenamiento».

¿Cuándo entenderá la gente que el rendimiento es un proceso a largo plazo? Si veo que quienes aparecieron por el gimnasio en enero siguen allí en febrero y, Dios no lo quiera, también en marzo, y en su mirada no se lee «estoy hasta los cojones, ¿qué hago aquí?», sino una especie de fuego o una VERDADERA disposición a cambiar, seré el primero en animarlos y en decirles que tienen buen aspecto, que el cambio se nota mucho y que sigan así. Incluso les corregiré algunos ejercicios, pero mientras no vea eso, que nadie espere nada de mí, porque la falta de esfuerzo merece exactamente el reconocimiento que se merece: ninguno.
No te sientes delante de mí en una final del Mundial o de la Liga de Campeones si ese año es el primer partido que ves, y no vayas al gimnasio solo durante las dos primeras semanas de enero a acaparar las máquinas si durante el resto del año no vas a volver a pisarlo.
